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Mariposa de Verano

Lima ha sido horno este verano, innegable, febrero de 2017 se ha sentido tan caliente que la sensación de sofocación, el sudor en la frente de cada caminante, y la humedad de la ropa de aquellos en habitaciones cerradas, ha incomodado al más fresco de los que sobrellevan con paciencia las inclemencias del clima. Lima es también un gran bloque de cemento y concreto, con casas rodeadas de vidrios y ventanas brillosas, paredes raídas por el paso de caminantes y jardines secos en medio del polvo ambiental que recorre la ciudad, llevado por el escaso viento de la costa peruana. Caminar al mediodía puede ser una odisea para cualquier moribundo ciudadano, si moribundo ciudadano, esos que mueren en la desesperación de su rutinaria vida. Este mediodía fue particular, el aire estaba tan caliente como un horno de panadería antigua, las plantas parecían doblegarse ante el brillo imponente del sol, pocas flores adornaban el renovado parque, y entre tantas personas que iban y venían, se me ocurrió...

¿Tendrás un chocolate?

Cuando el verano limeño está en su cúspide, el ardor del mediodía es casi aniquilador, los termómetros dicen 30°C, mi piel dice 40 y subiendo, todo parece derretirse, los autos arden y el reflejo de las ventanas en los edificios parecen aumentar el brillo del sol, como si sus rayos quisieran eliminar de la faz de la tierra, cada ser humano que trata de pasar su día evitando con desesperación el sudor en sus espaldas. No hay viento fresco en Lima, la humedad es cercana al límite, la sensación de sofoque aumenta con cada paso. A medida que avanza el día, la estación parece deprimir a todos los que no están en la playa ni la piscina, trabajar es una osadía en medio del sopor de las paredes cerradas entre el computador tibio y el ventilador ruidoso. Las mañana de los lunes son siempre ruidosas, entre saludos y preguntas sobre los fines de semana de cada uno de los oficinistas, hasta las preguntas sobre qué almorzarás, caras de sueño rodean cada tarea, cada reunión. El café fresc...

La sonrisa alegre de Matilde

Matilde vivió hace un par de siglos, nadie sabe su apellido, nunca tuvo familia conocida, era viuda y vivía sola junto a su hija Mónica. Su casa era una granja vieja, con techos altos y ventanas amplias, rodeada de verde y campo labrado, ella misma lo había labrado con sus manos cada madrugada, y se encargaba junto con su hija, de cuidar a cada animal que ellas críaban, con paciencia. Matilde tenía 28 años, era joven aún, había enviudado hace ya cinco años, cuando Mónica cumplió cinco, casi no recordaba mucho a Mariano, su esposo, prefería mantener el recuerdo para sus días tristes, y por ahora no tenía tiempo de andar triste. Aquella era una mañana de invierno, la casa de Matilde se calentaba con la temperatura de la cocina de leña - Agosto siempre fue un  mes muy frío en la villa -, Mónica ayudaba con la juntada de leña por las tardes, apilaba los maderos y ramas secas y los dejaba cerca de la cocina. Matilde tomaba la leña suficiente para calentar agua y preparar la comida, e...